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Breve historia de Google (II)

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El génesis

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Que no nos coman

En la parte I hablamos del temor de Google a ser devorado por el gigante Facebook, al tiempo que comentamos el elenco de fracasos de la compañía en el terreno de las redes sociales. Sin embargo, la paranoia de Vic Gundotra, responsable principal del experimento Google+, que se suma a esta lista de desengaños, no es una excepción. Desde el año 2001, y a consecuencia de su éxito abrumador, Google ha adquirido decenas de otras compañías, muchas de ellas recién creadas y con ideas innovadoras, que abarcan toda clase de negocios en la red. ¿La razón? Podemos suponer que el miedo a que, del mismo modo que hizo Facebook o el propio Google, alguna de estas empresas jóvenes se haga fuerte con una propuesta única y crezca de manera desmesurada.

Tocar todas las teclas

Lo quiere todo. Rarezas como Quiksee, que se presenta como una plataforma para hacer tours online que permite crear contenidos visuales interactivos a partir de una localización concreta, y que se ha integrado en Google Maps. Tal compra requirió de apenas 10.000 dólares, la suma más pequeña de las que se tiene constancia. En octubre de 2006, Google adquirió Youtube, la web para compartir vídeos, por la friolera de 1.650.000.000 $. Una cifra que parece ridícula si la comparamos con lo que les costó Motorola Mobility, que fabrica teléfonos móviles: doce mil quinientos millones de dólares, casi ocho veces el precio de Youtube. Sin embargo, una de las adquisiciones más inquietantes es la de Dark Blue Labs, una compañía dedicada a la inteligencia artificial, por varias decenas de millones.

Ordenadores que son cerebros

La página web de Dark Blue Labs es de lo más discreto, y la explicación que encomienda, sobre la empresa, es vaga y escueta: “Estudiamos segmentos representativos de datos con estructuras profundas o sin estructura para formular productos inteligentes, lo cual incluye hacer posible el entendimiento del lenguaje natural”. En la práctica, trabajan en la creación de una inteligencia artificial capaz de aprender de por sí y, por ende, acabar comunicándose. El interés por esta materia por parte de Google se debe, como ya explicamos en la Parte I, a que trabaja con algoritmos, y maneja grandes cantidades de información de manera automática.

El monopolio de las máquinas pensantes

Dark Blue Labs no es la primera compañía que trabaja en inteligencia artificial en caer en las redes de Google. De hecho, las compra siempre que puede, cada vez que aparecen. Así, casi al mismo tiempo, se hizo con la empresa Vision Factory, especializada en sistemas que reconocen elementos por la vía óptica; esto es, a través de la vista. Esta estrategia de Google de adquirir todas las compañías que se dediquen a la inteligencia artificial podría verse como algo positivo, en el sentido que es garantía de financiación para sus proyectos. Por el otro lado, es frecuente que los técnicos expertos del sector ondeen la bandera del escepticismo. De entrada, Google utiliza estos designios para potenciar los suyos propios e incrementar los beneficios, en lugar de tomar grandes riesgos y abrir nuevos frentes en pro de la humanidad. Esto significa, por ejemplo, que veremos antes aplicada la inteligencia artificial a sus negocios privados que a sectores de interés general, a los que iban destinados en primer lugar, como la gestión del medio ambiente, la medicina o las políticas sociales. Y, en cualquier caso, si no fuera así, que todo el talento dedicado a trabajar en máquinas-que-aprenden-solas esté en manos de una gran corporación monopolística es algo poco esperanzador. Los que hayan visto Terminator seguro que lo entienden. Los demás, que lo busquen en Google, ¿o no?

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